Por Carlos González Saracho noviembre, 2025
A Jesucristo le gustaba hablar con parábolas, es decir, con alegorías y metáforas, para explicar con ejemplos sencillos una realidad espiritual, trascendente y rica en significados. Una de estas parábolas habla sobre el riesgo y el miedo a equivocarse. Es conocida como la “parábola de los talentos” y comienza así: “El reino de los cielos es como un hombre que, al marcharse de su tierra, llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos de oro, a otro dos y a otro uno solo: a cada uno según su capacidad, y se marchó” (Mt 25,14-15).
Esta parábola habla de un hombre que no trata a estos tres personajes como a simples sirvientes, sino que los implica en su negocio, que es precisamente lo que hace Dios con nuestras vidas: nos crea y nos deja libres. Confiar es el verbo preciso: no da instrucciones detalladas, diciéndoles exactamente qué hacer. Dos de ellos lo comprendieron perfectamente: “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco” (Mt 25,16). De la misma manera, el que tenía los dos talentos ganó dos más. El tercero, en cambio, piensa que lo más importante es no tomar una decisión equivocada. “El que había recibido un talento fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (Mt 25,18). Tiene miedo de las consecuencias que podrían resultar si se equivoca; y lo explica después al propietario: “Sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo” (Mt 25,24-25).
Estas dos reacciones, tan diferentes, pueden ayudarnos a examinar cuál es nuestra actitud ante lo que Dios nos ha confiado: nuestra vida, nuestros talentos y oportunidades. Para los dos primeros siervos de la parábola, la confianza recibida era un verdadero regalo. Más allá de lo que ellos eran en el momento inicial, fueron capaces de ver lo que podían llegar a ser. Plantearon los dones recibidos con un sentido de misión, una tarea para alcanzar lo que todavía eran. Esto lleva a que la lucha en sí misma valga la pena: los resultados adversos y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como algo negativo, sino como una señal de progreso.
Los resultados adversos y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como algo negativo, sino como una señal de progreso.
El tercero, en cambio, vio una dificultad, no una oportunidad. Quizás se sintió abrumado y buscó un camino más fácil y seguro: enterró el regalo que se le había confiado, junto con todas las posibilidades que venían con él. Esta actitud se repite cada vez que evitamos la incomodidad que implica perseguir cualquier cosa que valga la pena. Cuando se plantea la vida, aunque sea inconscientemente, buscando exclusivamente ser amado y estar seguro, los fracasos conducirán a un profundo desaliento y a que la amargura domine el alma.
Esta parábola se aplica también y muy especialmente a la educación. La cultura del miedo que domina la crianza moderna, y que Lenore Skenazy analiza en su libro Free Range Kids (2021), ha despertado todo un movimiento de reacción, conocido en su momento como Free Range Parenting y ahora llamado Let Grow, que ha logrado introducir cambios en la legislación americana para dar más autonomía a los padres en cuestiones como la edad en la que los niños pueden salir solos a la calle, quedarse en casa sin supervisión o desplazarse solos al colegio. Privar al niño de toda posibilidad de peligro es amputarle la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña cualquier situación, olvidando que el objetivo final de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
Aunque es verdad que en Estados Unidos la paternidad hipervigilante se explica, en parte, por la cultura de desplazarse en coche y por la presión que los criterios de aceptación de las universidades imponen a los alumnos desde la infancia, este es un fenómeno común a otros países. Para Skenazy, hay tres factores que explican la mentalidad ultravigilante de muchos padres. En primer lugar, el auge de las noticias veinticuatro horas: la necesidad de rellenar la programación favoreció la transmisión permanente de los casos más morbosos. En segundo lugar, el mercado encontró un nicho muy jugoso en las preocupaciones paternas y maternas, lo que llevó a la aparición de todo tipo de productos de protección, como rodilleras para el gateo o arneses para aprender a andar. En tercer lugar, la irrupción del smartphone permitió tener a los niños entretenidos y tranquilos a plena vista, pero también controlar todas sus conversaciones y su ubicación en tiempo real. “Un mundo que todo el rato te mide es un mundo que te provoca ansiedad”.
Privar al niño de toda posibilidad de peligro es amputarle la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña cualquier situación, olvidando que el objetivo final de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
A medida que las sociedades se hicieron más seguras para los niños, los padres acabaron convencidos de que cualquier cosa que les pasara a los hijos sería culpa suya: ellos eran los responsables últimos de su éxito o su fracaso. Se sumergieron entonces en un tipo de crianza basada en una validación emocional constante, en la pedagogía sin castigos y en los concursos en los que todos ganan. La triste consecuencia es que esos hijos llegarán como adultos al lugar de trabajo sin recursos ante las dificultades y esperando los mismos aplausos gratuitos y permanentes que han estado escuchando.
Así que, recomienda Skenazy, “déjate ir un poco. Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia: apaga la ubicación del móvil de tu hijo, o quítaselo directamente, déjale ir a por el pan, mándale en bici a casa de la abuela, deja que el mayor se encargue unas horas de los pequeños, llévale al cine a ver una película solo con sus amigos, que se encargue de la cena una vez a la semana; cuando esté frustrado, dile que lo va a superar y pasa a otra cosa. Se trata de conseguir niños que sean a prueba del mundo, no un mundo a prueba de niños”.










