Por Carlos González Saracho Aparecido en la revista "Hacer empresa" en agosto, 2026
Cuando
escribo esta columna se confirmó que el papa León XIV no hablará ante
la Asamblea General en noviembre próximo, durante su visita a nuestro
país. El principal argumento negativo de quienes se opusieron puede
resumirse en que “el Estado no se arrodilla ante ninguna fe”. Rotundo,
pero falaz, porque el papa fue invitado a Uruguay formalmente por el
presidente Orsi, es el jefe de un Estado cuya soberanía es reconocida
por nuestro gobierno y con quien se mantienen relaciones diplomáticas.
Invitarlo y escucharlo no es arrodillarse, es un ejemplo del respeto
institucional y pluralismo que caracterizan a un Estado laico.
León XIV en sus visitas prioriza siempre
su deber pastoral, por encima de cálculos políticos. Y en sus discursos a
las autoridades civiles parte de la convicción de que las creencias
religiosas ofrecen un fundamento moral indispensable para la democracia,
precisamente porque esas creencias recuerdan que la dignidad humana no
depende del Estado ni del éxito económico, sino de la condición de
persona.
Concretamente, el pasado 8 de junio el
papa visitó el Congreso español. Los días previos al evento hubo
mucha polémica y preocupación, porque se exponía a un escenario hostil,
muy dividido internamente y sus palabras podían ser instrumentalizadas
para generar más confrontación en un momento de crispación en la
política española por los escándalos conocidos. Sin embargo, al terminar
el discurso todos se pusieron de pie con
un histórico aplauso ininterrumpido de siete minutos. Nadie podía
explicar semejante ovación en un escenario
tan fragmentado. Seguramente la razón se encuentra en que el objetivo
del papa nunca es lograr un “eco político” ni refrendar ideologías, sino
suscitar preguntas y “conversiones silenciosas” en el corazón
de los oyentes.
El papa fue invitado a Uruguay formalmente por el presidente Orsi.Invitarlo y escucharlo no es arrodillarse, es un ejemplo del respeto institucional y pluralismo que caracterizan a un Estado laico.
Recomiendo vivamente
leer ese discurso del 8 de junio, evitando un
enfoque sociológico o político. El núcleo de su intervención fue dejar
claro que la polarización extrema y la incapacidad de la clase política
para llegar a acuerdos no son meros fallos del sistema parlamentario,
sino síntomas de un “corazón humano herido por el pecado”. No dio una
clase de gobernabilidad. Ofreció un diagnóstico antropológico y
espiritual. Hizo una llamada al diálogo honesto, instando a los
diputados a dejar de insultarse sistemáticamente y a trabajar unidos por
el bien común: “La pluralidad
política no debería degenerar en descalificación permanente del
adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede
convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan
mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las
necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”.
Realizó también una valiosa síntesis de la
Doctrina Social de la Iglesia, superando el habitual partidismo que
rodea estos temas. No presentó un catálogo de reproches ni un programa
electoral. Y evitó las críticas habituales en la
política ideológicamente polarizada. Por ejemplo, es habitual que los
partidos de izquierda aplaudan a la Iglesia cuando habla de justicia
social, pobreza o atención a los emigrantes; y que los de
derecha apoyen cuando defiende a la familia o el derecho a la vida. Sin
embargo, el papa en el Congreso español presentó el «paquete completo»
y global del Evangelio. Recordó que “Si
la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro
pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una
comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al
enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del
cuidado de los demás?”. “La defensa de la vida humana no es una cuestión
parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda
vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta
su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
A la vez reivindicó la justicia social, la solidaridad y la subsidiariedad como pilares de la convivencia: “Allí
donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico,
religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se
vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos
los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una
respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a
partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
El
núcleo de su intervención fue dejar claro que la polarización extrema y
la incapacidad de la clase política para llegar a acuerdos no son meros
fallos del sistema parlamentario, sino síntomas de un “corazón humano
herido por el pecado”.
A la vez reivindicó la justicia social, la solidaridad y la subsidiariedad como pilares de la convivencia: “Allí
donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico,
religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se
vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos
los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una
respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a
partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
Demostró, una vez más, que
la doctrina social de la Iglesia no encaja en las etiquetas
de “izquierda” o “derecha”; las trasciende y las interpela a todas por
igual. La verdadera política debe mirar siempre al bien común integral
del ser humano, sin recortar aquellas partes que resultan incómodas
para la respectiva ideología. La ovación final de siete
minutos evidenció que los políticos se vieron genuinamente
interpelados por la autoridad moral del papa. Fue una demostración de
que la verdad, expuesta con libertad y sin ataduras políticas, tiene el
poder de unificar hasta a los más divididos. Como dijo en el discurso: “La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario...”.
Por cerrazón ideológica, al no invitarlo a
nuestra Asamblea General, hemos perdido una ocasión de que, al igual
que en el Congreso español, el papa nos recordara que “las
palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o
deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una
responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de
custodiar la palabra para ‘desarmar el lenguaje’. Y que ‘la gramática
elemental de la convivencia es: recibir la vida, cuidar al otro,
perdonar, servir y pertenecer’”.
A Jesucristo le gustaba hablar con parábolas, es decir, con alegorías y metáforas, para explicar con ejemplos sencillos una realidad espiritual, trascendente y rica en significados. Una de estas parábolas habla sobre el riesgo y el miedo a equivocarse. Es conocida como la “parábola de los talentos” y comienza así: “El reino de los cielos es como un hombre que, al marcharse de su tierra, llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos de oro, a otro dos y a otro uno solo: a cada uno según su capacidad, y se marchó” (Mt 25,14-15).
Esta parábola habla de un hombre que no trata a estos tres personajes como a simples sirvientes, sino que los implica en su negocio, que es precisamente lo que hace Dios con nuestras vidas: nos crea y nos deja libres. Confiar es el verbo preciso: no da instrucciones detalladas, diciéndoles exactamente qué hacer. Dos de ellos lo comprendieron perfectamente: “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco” (Mt 25,16). De la misma manera, el que tenía los dos talentos ganó dos más. El tercero, en cambio, piensa que lo más importante es no tomar una decisión equivocada. “El que había recibido un talento fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (Mt 25,18). Tiene miedo de las consecuencias que podrían resultar si se equivoca; y lo explica después al propietario: “Sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo” (Mt 25,24-25).
Estas dos reacciones, tan diferentes, pueden ayudarnos a examinar cuál es nuestra actitud ante lo que Dios nos ha confiado: nuestra vida, nuestros talentos y oportunidades. Para los dos primeros siervos de la parábola, la confianza recibida era un verdadero regalo. Más allá de lo que ellos eran en el momento inicial, fueron capaces de ver lo que podían llegar a ser. Plantearon los dones recibidos con un sentido de misión, una tarea para alcanzar lo que todavía eran. Esto lleva a que la lucha en sí misma valga la pena: los resultados adversos y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como algo negativo, sino como una señal de progreso.
Los resultados adversos y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como algo negativo, sino como una señal de progreso.
El tercero, en cambio, vio una dificultad, no una oportunidad. Quizás se sintió abrumado y buscó un camino más fácil y seguro: enterró el regalo que se le había confiado, junto con todas las posibilidades que venían con él. Esta actitud se repite cada vez que evitamos la incomodidad que implica perseguir cualquier cosa que valga la pena. Cuando se plantea la vida, aunque sea inconscientemente, buscando exclusivamente ser amado y estar seguro, los fracasos conducirán a un profundo desaliento y a que la amargura domine el alma.
Esta parábola se aplica también y muy especialmente a la educación. La cultura del miedo que domina la crianza moderna, y que Lenore Skenazy analiza en su libro Free Range Kids (2021), ha despertado todo un movimiento de reacción, conocido en su momento como Free Range Parenting y ahora llamado Let Grow, que ha logrado introducir cambios en la legislación americana para dar más autonomía a los padres en cuestiones como la edad en la que los niños pueden salir solos a la calle, quedarse en casa sin supervisión o desplazarse solos al colegio. Privar al niño de toda posibilidad de peligro es amputarle la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña cualquier situación, olvidando que el objetivo final de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
Aunque es verdad que en Estados Unidos la paternidad hipervigilante se explica, en parte, por la cultura de desplazarse en coche y por la presión que los criterios de aceptación de las universidades imponen a los alumnos desde la infancia, este es un fenómeno común a otros países. Para Skenazy, hay tres factores que explican la mentalidad ultravigilante de muchos padres. En primer lugar, el auge de las noticias veinticuatro horas: la necesidad de rellenar la programación favoreció la transmisión permanente de los casos más morbosos. En segundo lugar, el mercado encontró un nicho muy jugoso en las preocupaciones paternas y maternas, lo que llevó a la aparición de todo tipo de productos de protección, como rodilleras para el gateo o arneses para aprender a andar. En tercer lugar, la irrupción del smartphone permitió tener a los niños entretenidos y tranquilos a plena vista, pero también controlar todas sus conversaciones y su ubicación en tiempo real. “Un mundo que todo el rato te mide es un mundo que te provoca ansiedad”.
Privar al niño de toda posibilidad de peligro es amputarle la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña cualquier situación, olvidando que el objetivo final de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
A medida que las sociedades se hicieron más seguras para los niños, los padres acabaron convencidos de que cualquier cosa que les pasara a los hijos sería culpa suya: ellos eran los responsables últimos de su éxito o su fracaso. Se sumergieron entonces en un tipo de crianza basada en una validación emocional constante, en la pedagogía sin castigos y en los concursos en los que todos ganan. La triste consecuencia es que esos hijos llegarán como adultos al lugar de trabajo sin recursos ante las dificultades y esperando los mismos aplausos gratuitos y permanentes que han estado escuchando.
Así que, recomienda Skenazy, “déjate ir un poco. Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia: apaga la ubicación del móvil de tu hijo, o quítaselo directamente, déjale ir a por el pan, mándale en bici a casa de la abuela, deja que el mayor se encargue unas horas de los pequeños, llévale al cine a ver una película solo con sus amigos, que se encargue de la cena una vez a la semana; cuando esté frustrado, dile que lo va a superar y pasa a otra cosa. Se trata de conseguir niños que sean a prueba del mundo, no un mundo a prueba de niños”.
Transcribimos a continuación un artículo de Leandro Lía, publicado en el nro. 581 del periódico ENTRE TODOS del 17/5/2025 y reproducido en el sitio de la Iglesia Católica Uruguaya, icm.org.uy
El particular templo, ubicado sobre Bvar. Artigas y
elegido como Iglesia jubilar para este año santo, tiene una realidad
diferente a la que se puede encontrar en las parroquias arquidiocesanas.
Foto de algunos miembros de su comunidad. Fuente: G. García
Desde el cruce de Bulevar Artigas y Goes, prácticamente al lado de la
terminal de Tres Cruces, asoma una imagen que ya, por absoluta
costumbre, es característica del paisaje. Un impecable templo, con sus
cinco grandes escalones y, encima del ingreso, la ilustración de Cristo
pleno, incólume, colmado de gloria.
Su interior luce absolutamente cuidado. Detrás del altar, destaca una
imagen suspendida en el aire. Es precisamente un Cristo resucitado, de
abrazos abiertos, que se eleva sobre el presbiterio. La cruz está
visible, pero no hay clavos en ella. Cristo, con su vestidura impoluta,
está cubierto de dorado, para resaltar su divinidad. Sus brazos
extendidos son muestra triunfal de que acoge a todos los fieles que
ingresan al templo. Pareciera abrazarlos para colmarlos de su plenitud.
Esta escultura —representación teológica a cargo del artista Ramón
Cuadra Cantera— también encarna el rol del santuario en la comunidad.
Porque —ni parroquia ni capilla— este templo ofrece una realidad
pastoral distinta, dentro de una zona que también lo es. Es un lugar de
tránsito que se transforma en lugar de encuentro. Es una iglesia que
parece absorber el ritmo de la ciudad y devolverlo en forma de pausa, en
clave de oración.
Imagen de la escultura del Cristo Resucitado. Fuente: G. García
La concreción de un anhelo
La historia del Santuario del Señor Resucitado comenzó a gestarse en
los años noventa, cuando el entonces arzobispo de Montevideo, Mons. José
Gottardi, impulsó su construcción como un nuevo espacio de fe, en el
corazón de nuestra capital y en un lugar de especial significado: a
escasos metros del sitio en el que el Juan Pablo II celebró la misa del
1º. de abril de 1987, durante su visita a Uruguay.
El arquitecto Francisco Collet Lacoste estuvo a cargo del proyecto.
Las obras iniciaron en octubre de 1996, pero el camino no fue nada
sencillo. Las dificultades económicas retrasaron el proceso, y la
inauguración se postergó más allá de lo previsto.
El 29 de abril de 2001 quedó marcado en el calendario de la comunidad
como el día en el que se abrieron las puertas del templo, aunque
todavía restaba mucho por hacer: faltaban pisos, trabajos de pintura,
algún mobiliario e, incluso, parte de la decoración interior.
El templo, con su característica fachada, en pleno Tres Cruces. Fuente: G. García
La celebración inaugural fue presidida por el entonces arzobispo de
Montevideo, Mons. Nicolás Cotugno, sucesor de Mons. Gottardi, quien
dedicó el templo al Señor Resucitado. Como gesto especial, durante la
ceremonia se escuchó un mensaje grabado por el propio san Juan Pablo II,
enviado desde Roma para la ocasión. Desde aquel momento, la atención
pastoral del santuario ha sido confiada a la prelatura del Opus Dei. De
hecho, en el templo hay un busto de su fundador, san Josemaría Escrivá.
Buscar el camino
La celebración del viernes 2 de mayo es, por demás, especial. La
comunidad del santuario está alegre, y cerca de una treintena de fieles
ya aguarda media hora antes del inicio de la misa. “Hoy vamos a
presentar las reliquias de Jacinto Vera, que van a estar aquí con
nosotros. Es un gran privilegio” anticipa el padre Carlos María González
(74), quien pertenece a la prelatura y es rector del templo.
“Si viene alguien para confesarse, hablamos en otro momento”.
Advierte el P. González, antes de ingresar a una pequeña habitación, de
aproximadamente dos metros por dos metros y medio. “Lamentablemente no
tenemos un salón parroquial u otro lugar para reunirnos, las salas de
abajo las utiliza Manos Veneguayas”, explica, antes de comenzar a
recordar su llamado vocacional y su ingreso en el Opus Dei.
El P. González se fue del país siendo profesor de finanzas públicas,
en la facultad de Ciencias Económicas. Era ayudante de prácticas,
profesor adscripto y teórico, y también trabajaba en una empresa lanera.
No imaginaba su vida alejada de la práctica profesional.
El padre Carlos María González, mientras recuerda sus inicios en la comunidad. Fuente: G. García
“Recuerdo que, cuando estaba en cuarto de liceo en Maturana, solía
rezar, iba a misa los domingos, era buen estudiante y comencé a tener
una inquietud vocacional. Era normal que a esa edad aparecieran esas
preguntas, porque uno tiene que decidir qué estudiar y hacer de su vida.
Estaba con esa idea y me planteaba el tema de la fe, incluso veía con
buenos ojos a los salesianos porque los quería, pero a la vez sabía que
buscaba estudiar y tener una profesión. De igual manera, también quería
estudiar teología y fortalecer mi vida espiritual. Pero no veía
compatible desarrollarme profesionalmente y ser sacerdote. Cuando conocí
al Opus Dei, me permitió vivir la radicalidad del bautismo, con una
vida espiritual intensa y con misa diaria. Eso era lo que intuía que
quería para mí, pero estando en Roma entendí que quería hacer más y,
mientras trabajaba para la curia prelaticia del Opus Dei, aproveché y
estudié. Primero terminé el bienio filosófico y el cuadrienio teológico,
y luego hice una licenciatura en derecho canónico. Pero seguía esa
inquietud, sentía el llamado a estar más disponible para lo que Dios
quisiera para mí. Fue una vocación algo tardía, me ordené con 47 años”,
complementa el rector del templo.
A disposición de todos
Quien acuda al santuario notará con facilidad que es una comunidad,
en esencia, heterogénea. Algunos fieles concurren por su afinidad con la
espiritualidad de la prelatura. Otros por cercanía geográfica. Varios
más, por estar en una ubicación de mucha movilidad y próximo a un centro
comercial.
“Es una iglesia y santuario, pero no parroquia, entonces es muy
particular. Lo que me gusta destacar es que estamos viviendo una etapa
de iglesias abiertas, y en esa línea este es un templo abierto al
barrio. Tenemos un horario de mañana y en la tarde otro horario más
generoso, con confesores disponibles. Eso marca un poco la esencia de
esta comunidad que, como tal, no es como una parroquia. Tampoco tenemos
tanto espacio, y el lugar en el que estamos hace que sea distinta al
resto. Me gustaría generar espacios de encuentro, pero no tenemos lugar
para que los fieles se reúnan. Somos comunidad en tanto los fieles
vienen a las mismas celebraciones, conversan antes y después de las
misas, y se conocen entre sí. La identificación del templo es que está
siempre a disposición de las personas, donde pueden venir cómodamente a
rezar y con el sacramento de la reconciliación como una identificación
importante. Es muy reconfortante, porque es un lugar de tránsito en el
que, cada día, vienen muchas personas a confesarse y encontrarse con
Dios”, afirma el P. González.
Imagen del interior del santuario, durante una celebración. Fuente: G. García
En la misma línea, el P. José Luis Vidal (75, ordenado en 1978),
destaca su rol como espacio de reconciliación: “Lo que tenemos para
ofrecer, además de la celebración eucarística, es la atención para
confesiones y la dirección espiritual. Me ocupo de confesar los lunes y
los martes, y los fieles lo utilizan bastante, e incluso luego de la
misa se acercan para darnos las gracias. Es curioso y movilizador ver
que hay personas que, sin tenerlo pensado, se acercan al templo luego de
estar alejados treinta o cuarenta años de la Iglesia como tal. Es algo
interesante, que nos pone muy contentos. Es un lugar especial, porque
por la estación de la terminal pasan miles de personas, y muchos de los
que vienen apenas tienen conocimientos de la fe, entonces la confesión
es una especie, también, de catequesis. ¡Tenemos muchas historias sobre
eso! Otro tema es que estamos cerca de varios hospitales, y cuando las
personas están enfermas, mal de salud o incluso fallecen, acuden para
que los acompañemos en esos momentos. Cada vez que se acerca alguien,
así no tenga mucho fundamento de su creencia, lo veo como una acción del
Espíritu Santo, y nosotros como instrumentos”.
El valor de la comunidad
¿Qué es lo que distingue al santuario de otros templos
arquidiocesanos? ¿Cuál es su diferencial? Los fieles de su comunidad
tienen visiones bastante similares.
Para Carlos, quien hace veintitrés años que participa de su comunidad
y colabora allí a nivel administrativo y litúrgico, “la diferencia está
en el apostolado del confesionario. Es una tarea preponderante en el
santuario, porque viene gente de todo Montevideo a reconciliarse. El
horario es amplio y siempre hay confesores disponibles. No hay en
Montevideo otra comunidad igual a esta”.
Reliquia del beato Jacinto Vera, presentada a la comunidad el pasado 2 de mayo. Fuente: G. García
José Pedro llegó al templo hace trece años, y destaca su
organización: “Me encontré con una comunidad muy dispuesta, con horarios
establecidos y la posibilidad de siempre disponer de los confesores.
Sin duda destaco ese orden y el respeto para quienes venimos a rezar,
porque se cuida mucho el espacio de oración, incluso se reza el santo
rosario antes de las misas. También hay mucho cuidado de la liturgia y
eso se ve”.
Según Julia, es una comunidad que acompaña espiritualmente a sus
fieles: “Venía de la parroquia de Belén y de Tierra Santa. Ahí dejé de
ir porque estuve muy enferma y se me complicaba ir hasta ahí. Este
santuario vive la fe de una manera especial, y los domingos o los días
de fiesta el templo se llena. Todos tenemos necesidades espirituales, y
cuando estamos mal, contar con un espacio de silencio, oración y
confesión nos ayuda mucho”.
Por Carlos María González Saracho , capellán del IEEM - Escuela de Negocios Publicado el 21 de mayo de 2025
Un 17,7 % de la población mundial se declara católica y un número mayor recibe influencia por los centros educativos y las labores asistenciales de la Iglesia Católica en todo el mundo. Por lo tanto, es lógica la abundante cobertura mediática que ha tenido el Cónclave y la atención que se presta a las primeras declaraciones del Papa León XIV. Pero ¿se puede enfocar esta información cómo la de cualquier empresa u organización internacional? Sería insuficiente hacerlo y llevaría a no comprender muchas cosas.
Si se ve la elección como una puja entre progresistas y conservadores, se pierde vista lo principal. Por ejemplo, antes del Cónclave, el cardenal Prevost no figuraba entre los “papables” principales, a pesar de que reunía todas las condiciones para el cargo, que fue lo que finalmente tuvieron en cuenta los electores. Por esto la decisión fue rápida.
El 23 de febrero de 2013, pocos días antes de que Jorge Mario Bergoglio viajara a Roma para participar en el Cónclave en el cual fue elegido, recibió en Buenos Aires a unos representantes del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, que —entre otras— le formularon la siguiente pregunta: “Para usted, ¿qué perfil debe tener el nuevo Papa?”. El que luego sería el Papa Francisco les dio una sintética respuesta que da una perfecta explicación de cuál es la naturaleza de la misión de la Iglesia y del romano pontífice. La respuesta fue: “Les voy a decir cosas evidentes, pero son las cosas en las que yo creo. Primero, tiene que ser un hombre de oración, un hombre profundamente vinculado a Dios. Segundo, tiene que ser una persona que cree profundamente que el dueño de la Iglesia es Jesucristo y no él, y que Jesucristo es el Señor de la historia. Tercero, un buen obispo. Debe ser un hombre que sabe cuidar, acoger, tierno con las personas, que sabe crear comunión. Y cuarto, debe ser un hombre, ahora, que ayude a reformar la curia”.
Estos criterios fueron los que primaron y los que el nuevo Papa cumple claramente (excepto el cuarto, porque la reforma de la curia ya había sido comenzada por Francisco). Primero, hombre de oración: en su saludo inaugural desde el balcón dijo: “Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita de su luz. La humanidad necesita de Él como el puente que le permite ser alcanzada por Dios y por su amor”. Y al día siguiente salió del Vaticano para ir a rezar a dos iglesias dedicadas a la Virgen. Segundo, creer que la Iglesia es de Jesucristo y no del Papa: en su primera homilía, a todos los cardenales que participaron en el Cónclave les recordó que “un compromiso irrenunciable, para cualquiera que en la Iglesia ejercite un ministerio de autoridad, es desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf. Jn 3,30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo”. Tercero, buen obispo, que sepa cuidar: son incontables los testimonios agradecidos y admirados de quienes lo tuvieron ocho años como obispo en Chiclayo, Perú, donde vivió hasta hace dos años y dejó un recuerdo imborrable.
Desde un punto de vista más humano, sociológico, podríamos añadir otros dos requisitos para liderar la Iglesia Católica. En primer lugar, experiencia de gobierno universal, no solo en una diócesis. Y León XIV fue, durante dos períodos, el superior general de la Orden de los Agustinos, lo que da un conocimiento directo de los problemas en diversos países que ha recorrido; y los últimos dos años estuvo a cargo del Dicasterio de los Obispos, en Roma, lo que brinda una experiencia —quizá de las más útiles— en el gobierno de la Iglesia universal y de contacto con los obispos de todo el mundo. En segundo lugar, ser un hombre de diálogo, de unidad. Con el Papa Francisco, en los últimos años habían surgido polémicas y divisiones. León XIV en pocos días unió una continua referencia cariñosa al legado de Francisco con un llamado a cuidar el depósito de la fe, que ha amortiguado rápidamente esas divisiones.