A Jesucristo le gustaba hablar con parábolas, es decir, con alegorías y metáforas, para explicar con ejemplos sencillos una realidad espiritual, trascendente y rica en significados. Una de estas parábolas habla sobre el riesgo y el miedo a equivocarse. Es conocida como la “parábola de los talentos” y comienza así: “El reino de los cielos es como un hombre que, al marcharse de su tierra, llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos de oro, a otro dos y a otro uno solo: a cada uno según su capacidad, y se marchó” (Mt 25,14-15).
Esta parábola habla de un hombre que no trata a estos tres personajes como a simples sirvientes, sino que los implica en su negocio, que es precisamente lo que hace Dios con nuestras vidas: nos crea y nos deja libres. Confiar es el verbo preciso: no da instrucciones detalladas, diciéndoles exactamente qué hacer. Dos de ellos lo comprendieron perfectamente: “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco” (Mt 25,16). De la misma manera, el que tenía los dos talentos ganó dos más. El tercero, en cambio, piensa que lo más importante es no tomar una decisión equivocada. “El que había recibido un talento fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (Mt 25,18). Tiene miedo de las consecuencias que podrían resultar si se equivoca; y lo explica después al propietario: “Sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo” (Mt 25,24-25).
Estas dos reacciones, tan diferentes, pueden ayudarnos a examinar cuál es nuestra actitud ante lo que Dios nos ha confiado: nuestra vida, nuestros talentos y oportunidades. Para los dos primeros siervos de la parábola, la confianza recibida era un verdadero regalo. Más allá de lo que ellos eran en el momento inicial, fueron capaces de ver lo que podían llegar a ser. Plantearon los dones recibidos con un sentido de misión, una tarea para alcanzar lo que todavía eran. Esto lleva a que la lucha en sí misma valga la pena: los resultados adversos y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como algo negativo, sino como una señal de progreso.
Los resultados adversos y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como algo negativo, sino como una señal de progreso.
El tercero, en cambio, vio una dificultad, no una oportunidad. Quizás se sintió abrumado y buscó un camino más fácil y seguro: enterró el regalo que se le había confiado, junto con todas las posibilidades que venían con él. Esta actitud se repite cada vez que evitamos la incomodidad que implica perseguir cualquier cosa que valga la pena. Cuando se plantea la vida, aunque sea inconscientemente, buscando exclusivamente ser amado y estar seguro, los fracasos conducirán a un profundo desaliento y a que la amargura domine el alma.
Esta parábola se aplica también y muy especialmente a la educación. La cultura del miedo que domina la crianza moderna, y que Lenore Skenazy analiza en su libro Free Range Kids (2021), ha despertado todo un movimiento de reacción, conocido en su momento como Free Range Parenting y ahora llamado Let Grow, que ha logrado introducir cambios en la legislación americana para dar más autonomía a los padres en cuestiones como la edad en la que los niños pueden salir solos a la calle, quedarse en casa sin supervisión o desplazarse solos al colegio. Privar al niño de toda posibilidad de peligro es amputarle la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña cualquier situación, olvidando que el objetivo final de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
Aunque es verdad que en Estados Unidos la paternidad hipervigilante se explica, en parte, por la cultura de desplazarse en coche y por la presión que los criterios de aceptación de las universidades imponen a los alumnos desde la infancia, este es un fenómeno común a otros países. Para Skenazy, hay tres factores que explican la mentalidad ultravigilante de muchos padres. En primer lugar, el auge de las noticias veinticuatro horas: la necesidad de rellenar la programación favoreció la transmisión permanente de los casos más morbosos. En segundo lugar, el mercado encontró un nicho muy jugoso en las preocupaciones paternas y maternas, lo que llevó a la aparición de todo tipo de productos de protección, como rodilleras para el gateo o arneses para aprender a andar. En tercer lugar, la irrupción del smartphone permitió tener a los niños entretenidos y tranquilos a plena vista, pero también controlar todas sus conversaciones y su ubicación en tiempo real. “Un mundo que todo el rato te mide es un mundo que te provoca ansiedad”.
Privar al niño de toda posibilidad de peligro es amputarle la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña cualquier situación, olvidando que el objetivo final de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
A medida que las sociedades se hicieron más seguras para los niños, los padres acabaron convencidos de que cualquier cosa que les pasara a los hijos sería culpa suya: ellos eran los responsables últimos de su éxito o su fracaso. Se sumergieron entonces en un tipo de crianza basada en una validación emocional constante, en la pedagogía sin castigos y en los concursos en los que todos ganan. La triste consecuencia es que esos hijos llegarán como adultos al lugar de trabajo sin recursos ante las dificultades y esperando los mismos aplausos gratuitos y permanentes que han estado escuchando.
Así que, recomienda Skenazy, “déjate ir un poco. Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia: apaga la ubicación del móvil de tu hijo, o quítaselo directamente, déjale ir a por el pan, mándale en bici a casa de la abuela, deja que el mayor se encargue unas horas de los pequeños, llévale al cine a ver una película solo con sus amigos, que se encargue de la cena una vez a la semana; cuando esté frustrado, dile que lo va a superar y pasa a otra cosa. Se trata de conseguir niños que sean a prueba del mundo, no un mundo a prueba de niños”.
Transcribimos a continuación un artículo de Leandro Lía, publicado en el nro. 581 del periódico ENTRE TODOS del 17/5/2025 y reproducido en el sitio de la Iglesia Católica Uruguaya, icm.org.uy
El particular templo, ubicado sobre Bvar. Artigas y
elegido como Iglesia jubilar para este año santo, tiene una realidad
diferente a la que se puede encontrar en las parroquias arquidiocesanas.
Foto de algunos miembros de su comunidad. Fuente: G. García
Desde el cruce de Bulevar Artigas y Goes, prácticamente al lado de la
terminal de Tres Cruces, asoma una imagen que ya, por absoluta
costumbre, es característica del paisaje. Un impecable templo, con sus
cinco grandes escalones y, encima del ingreso, la ilustración de Cristo
pleno, incólume, colmado de gloria.
Su interior luce absolutamente cuidado. Detrás del altar, destaca una
imagen suspendida en el aire. Es precisamente un Cristo resucitado, de
abrazos abiertos, que se eleva sobre el presbiterio. La cruz está
visible, pero no hay clavos en ella. Cristo, con su vestidura impoluta,
está cubierto de dorado, para resaltar su divinidad. Sus brazos
extendidos son muestra triunfal de que acoge a todos los fieles que
ingresan al templo. Pareciera abrazarlos para colmarlos de su plenitud.
Esta escultura —representación teológica a cargo del artista Ramón
Cuadra Cantera— también encarna el rol del santuario en la comunidad.
Porque —ni parroquia ni capilla— este templo ofrece una realidad
pastoral distinta, dentro de una zona que también lo es. Es un lugar de
tránsito que se transforma en lugar de encuentro. Es una iglesia que
parece absorber el ritmo de la ciudad y devolverlo en forma de pausa, en
clave de oración.
Imagen de la escultura del Cristo Resucitado. Fuente: G. García
La concreción de un anhelo
La historia del Santuario del Señor Resucitado comenzó a gestarse en
los años noventa, cuando el entonces arzobispo de Montevideo, Mons. José
Gottardi, impulsó su construcción como un nuevo espacio de fe, en el
corazón de nuestra capital y en un lugar de especial significado: a
escasos metros del sitio en el que el Juan Pablo II celebró la misa del
1º. de abril de 1987, durante su visita a Uruguay.
El arquitecto Francisco Collet Lacoste estuvo a cargo del proyecto.
Las obras iniciaron en octubre de 1996, pero el camino no fue nada
sencillo. Las dificultades económicas retrasaron el proceso, y la
inauguración se postergó más allá de lo previsto.
El 29 de abril de 2001 quedó marcado en el calendario de la comunidad
como el día en el que se abrieron las puertas del templo, aunque
todavía restaba mucho por hacer: faltaban pisos, trabajos de pintura,
algún mobiliario e, incluso, parte de la decoración interior.
El templo, con su característica fachada, en pleno Tres Cruces. Fuente: G. García
La celebración inaugural fue presidida por el entonces arzobispo de
Montevideo, Mons. Nicolás Cotugno, sucesor de Mons. Gottardi, quien
dedicó el templo al Señor Resucitado. Como gesto especial, durante la
ceremonia se escuchó un mensaje grabado por el propio san Juan Pablo II,
enviado desde Roma para la ocasión. Desde aquel momento, la atención
pastoral del santuario ha sido confiada a la prelatura del Opus Dei. De
hecho, en el templo hay un busto de su fundador, san Josemaría Escrivá.
Buscar el camino
La celebración del viernes 2 de mayo es, por demás, especial. La
comunidad del santuario está alegre, y cerca de una treintena de fieles
ya aguarda media hora antes del inicio de la misa. “Hoy vamos a
presentar las reliquias de Jacinto Vera, que van a estar aquí con
nosotros. Es un gran privilegio” anticipa el padre Carlos María González
(74), quien pertenece a la prelatura y es rector del templo.
“Si viene alguien para confesarse, hablamos en otro momento”.
Advierte el P. González, antes de ingresar a una pequeña habitación, de
aproximadamente dos metros por dos metros y medio. “Lamentablemente no
tenemos un salón parroquial u otro lugar para reunirnos, las salas de
abajo las utiliza Manos Veneguayas”, explica, antes de comenzar a
recordar su llamado vocacional y su ingreso en el Opus Dei.
El P. González se fue del país siendo profesor de finanzas públicas,
en la facultad de Ciencias Económicas. Era ayudante de prácticas,
profesor adscripto y teórico, y también trabajaba en una empresa lanera.
No imaginaba su vida alejada de la práctica profesional.
El padre Carlos María González, mientras recuerda sus inicios en la comunidad. Fuente: G. García
“Recuerdo que, cuando estaba en cuarto de liceo en Maturana, solía
rezar, iba a misa los domingos, era buen estudiante y comencé a tener
una inquietud vocacional. Era normal que a esa edad aparecieran esas
preguntas, porque uno tiene que decidir qué estudiar y hacer de su vida.
Estaba con esa idea y me planteaba el tema de la fe, incluso veía con
buenos ojos a los salesianos porque los quería, pero a la vez sabía que
buscaba estudiar y tener una profesión. De igual manera, también quería
estudiar teología y fortalecer mi vida espiritual. Pero no veía
compatible desarrollarme profesionalmente y ser sacerdote. Cuando conocí
al Opus Dei, me permitió vivir la radicalidad del bautismo, con una
vida espiritual intensa y con misa diaria. Eso era lo que intuía que
quería para mí, pero estando en Roma entendí que quería hacer más y,
mientras trabajaba para la curia prelaticia del Opus Dei, aproveché y
estudié. Primero terminé el bienio filosófico y el cuadrienio teológico,
y luego hice una licenciatura en derecho canónico. Pero seguía esa
inquietud, sentía el llamado a estar más disponible para lo que Dios
quisiera para mí. Fue una vocación algo tardía, me ordené con 47 años”,
complementa el rector del templo.
A disposición de todos
Quien acuda al santuario notará con facilidad que es una comunidad,
en esencia, heterogénea. Algunos fieles concurren por su afinidad con la
espiritualidad de la prelatura. Otros por cercanía geográfica. Varios
más, por estar en una ubicación de mucha movilidad y próximo a un centro
comercial.
“Es una iglesia y santuario, pero no parroquia, entonces es muy
particular. Lo que me gusta destacar es que estamos viviendo una etapa
de iglesias abiertas, y en esa línea este es un templo abierto al
barrio. Tenemos un horario de mañana y en la tarde otro horario más
generoso, con confesores disponibles. Eso marca un poco la esencia de
esta comunidad que, como tal, no es como una parroquia. Tampoco tenemos
tanto espacio, y el lugar en el que estamos hace que sea distinta al
resto. Me gustaría generar espacios de encuentro, pero no tenemos lugar
para que los fieles se reúnan. Somos comunidad en tanto los fieles
vienen a las mismas celebraciones, conversan antes y después de las
misas, y se conocen entre sí. La identificación del templo es que está
siempre a disposición de las personas, donde pueden venir cómodamente a
rezar y con el sacramento de la reconciliación como una identificación
importante. Es muy reconfortante, porque es un lugar de tránsito en el
que, cada día, vienen muchas personas a confesarse y encontrarse con
Dios”, afirma el P. González.
Imagen del interior del santuario, durante una celebración. Fuente: G. García
En la misma línea, el P. José Luis Vidal (75, ordenado en 1978),
destaca su rol como espacio de reconciliación: “Lo que tenemos para
ofrecer, además de la celebración eucarística, es la atención para
confesiones y la dirección espiritual. Me ocupo de confesar los lunes y
los martes, y los fieles lo utilizan bastante, e incluso luego de la
misa se acercan para darnos las gracias. Es curioso y movilizador ver
que hay personas que, sin tenerlo pensado, se acercan al templo luego de
estar alejados treinta o cuarenta años de la Iglesia como tal. Es algo
interesante, que nos pone muy contentos. Es un lugar especial, porque
por la estación de la terminal pasan miles de personas, y muchos de los
que vienen apenas tienen conocimientos de la fe, entonces la confesión
es una especie, también, de catequesis. ¡Tenemos muchas historias sobre
eso! Otro tema es que estamos cerca de varios hospitales, y cuando las
personas están enfermas, mal de salud o incluso fallecen, acuden para
que los acompañemos en esos momentos. Cada vez que se acerca alguien,
así no tenga mucho fundamento de su creencia, lo veo como una acción del
Espíritu Santo, y nosotros como instrumentos”.
El valor de la comunidad
¿Qué es lo que distingue al santuario de otros templos
arquidiocesanos? ¿Cuál es su diferencial? Los fieles de su comunidad
tienen visiones bastante similares.
Para Carlos, quien hace veintitrés años que participa de su comunidad
y colabora allí a nivel administrativo y litúrgico, “la diferencia está
en el apostolado del confesionario. Es una tarea preponderante en el
santuario, porque viene gente de todo Montevideo a reconciliarse. El
horario es amplio y siempre hay confesores disponibles. No hay en
Montevideo otra comunidad igual a esta”.
Reliquia del beato Jacinto Vera, presentada a la comunidad el pasado 2 de mayo. Fuente: G. García
José Pedro llegó al templo hace trece años, y destaca su
organización: “Me encontré con una comunidad muy dispuesta, con horarios
establecidos y la posibilidad de siempre disponer de los confesores.
Sin duda destaco ese orden y el respeto para quienes venimos a rezar,
porque se cuida mucho el espacio de oración, incluso se reza el santo
rosario antes de las misas. También hay mucho cuidado de la liturgia y
eso se ve”.
Según Julia, es una comunidad que acompaña espiritualmente a sus
fieles: “Venía de la parroquia de Belén y de Tierra Santa. Ahí dejé de
ir porque estuve muy enferma y se me complicaba ir hasta ahí. Este
santuario vive la fe de una manera especial, y los domingos o los días
de fiesta el templo se llena. Todos tenemos necesidades espirituales, y
cuando estamos mal, contar con un espacio de silencio, oración y
confesión nos ayuda mucho”.
Por Carlos María González Saracho , capellán del IEEM - Escuela de Negocios Publicado el 21 de mayo de 2025
Un 17,7 % de la población mundial se declara católica y un número mayor recibe influencia por los centros educativos y las labores asistenciales de la Iglesia Católica en todo el mundo. Por lo tanto, es lógica la abundante cobertura mediática que ha tenido el Cónclave y la atención que se presta a las primeras declaraciones del Papa León XIV. Pero ¿se puede enfocar esta información cómo la de cualquier empresa u organización internacional? Sería insuficiente hacerlo y llevaría a no comprender muchas cosas.
Si se ve la elección como una puja entre progresistas y conservadores, se pierde vista lo principal. Por ejemplo, antes del Cónclave, el cardenal Prevost no figuraba entre los “papables” principales, a pesar de que reunía todas las condiciones para el cargo, que fue lo que finalmente tuvieron en cuenta los electores. Por esto la decisión fue rápida.
El 23 de febrero de 2013, pocos días antes de que Jorge Mario Bergoglio viajara a Roma para participar en el Cónclave en el cual fue elegido, recibió en Buenos Aires a unos representantes del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, que —entre otras— le formularon la siguiente pregunta: “Para usted, ¿qué perfil debe tener el nuevo Papa?”. El que luego sería el Papa Francisco les dio una sintética respuesta que da una perfecta explicación de cuál es la naturaleza de la misión de la Iglesia y del romano pontífice. La respuesta fue: “Les voy a decir cosas evidentes, pero son las cosas en las que yo creo. Primero, tiene que ser un hombre de oración, un hombre profundamente vinculado a Dios. Segundo, tiene que ser una persona que cree profundamente que el dueño de la Iglesia es Jesucristo y no él, y que Jesucristo es el Señor de la historia. Tercero, un buen obispo. Debe ser un hombre que sabe cuidar, acoger, tierno con las personas, que sabe crear comunión. Y cuarto, debe ser un hombre, ahora, que ayude a reformar la curia”.
Estos criterios fueron los que primaron y los que el nuevo Papa cumple claramente (excepto el cuarto, porque la reforma de la curia ya había sido comenzada por Francisco). Primero, hombre de oración: en su saludo inaugural desde el balcón dijo: “Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita de su luz. La humanidad necesita de Él como el puente que le permite ser alcanzada por Dios y por su amor”. Y al día siguiente salió del Vaticano para ir a rezar a dos iglesias dedicadas a la Virgen. Segundo, creer que la Iglesia es de Jesucristo y no del Papa: en su primera homilía, a todos los cardenales que participaron en el Cónclave les recordó que “un compromiso irrenunciable, para cualquiera que en la Iglesia ejercite un ministerio de autoridad, es desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf. Jn 3,30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo”. Tercero, buen obispo, que sepa cuidar: son incontables los testimonios agradecidos y admirados de quienes lo tuvieron ocho años como obispo en Chiclayo, Perú, donde vivió hasta hace dos años y dejó un recuerdo imborrable.
Desde un punto de vista más humano, sociológico, podríamos añadir otros dos requisitos para liderar la Iglesia Católica. En primer lugar, experiencia de gobierno universal, no solo en una diócesis. Y León XIV fue, durante dos períodos, el superior general de la Orden de los Agustinos, lo que da un conocimiento directo de los problemas en diversos países que ha recorrido; y los últimos dos años estuvo a cargo del Dicasterio de los Obispos, en Roma, lo que brinda una experiencia —quizá de las más útiles— en el gobierno de la Iglesia universal y de contacto con los obispos de todo el mundo. En segundo lugar, ser un hombre de diálogo, de unidad. Con el Papa Francisco, en los últimos años habían surgido polémicas y divisiones. León XIV en pocos días unió una continua referencia cariñosa al legado de Francisco con un llamado a cuidar el depósito de la fe, que ha amortiguado rápidamente esas divisiones.
Al cumplirse el quinto aniversario de la muerte de Luis Manuel Calleja, resulta oportuno publicar este artículo escrito por el Vicario regional del Opus Dei, Carlos Ma. González, para
la Revista digital del IEEM "Hacer empresa"en agosto de 2020.
A mediados
de julio coincidieron en Uruguay tres datos preocupantes, ajenos al
COVID-19: se suicida una persona cada 15 horas y nuestro país mantiene
el triste récord de este registro en América Latina; hay siete
departamentos donde son más las personas que mueren que las que nacen y
la población decreció en 13 departamentos; y, ante el drama del
sufrimiento de personas en estado terminal, se promueve un proyecto de
ley que, en lugar de aliviar el dolor del paciente, propone eliminar al
enfermo. A esto se sumó un estudio de dos investigadores de la
Universidad de Washington, publicado recientemente en The Lancet,
en el que se concluye que a fin de este siglo casi todos los países del
mundo tendrán tasas de fecundidad por debajo del nivel de sustitución y
23 países verán su población reducida a la mitad. Estos datos, entre
otros puntos, tienen en común un desencanto o desaliento ante la vida,
en un contexto de debilitamiento de la familia.
Los más veteranos recordamos bien cómo, a mediados del siglo pasado,
se reconocía casi unánimemente la importancia prioritaria de la familia.
De 1946 a 1964 la estabilidad familiar derivó en un crecimiento
importante de la población mundial: de allí proviene el término baby boomers para los nacidos en esos años, mayoritariamente pacíficos y de bonanza económica. Sin embargo, los baby boomers
modificaron las normas sociales conforme llegaron a la edad adulta. De
entre los cambios que esta generación propició muchos fueron
objetivamente buenos, otros malos y otros esencialmente ambivalentes o
neutros. “Hoy hay más oportunidades que nunca para mujeres, personas de
color y otras minorías. Sin embargo, indicadores clave que miden
compromiso, confianza y satisfacción públicos —porcentaje de votantes,
conocimiento de políticas públicas, fe en que la siguiente generación
estará mejor que la actual y respeto a instituciones básicas,
especialmente las gubernamentales— están mucho peor que hace 50 años, y
en varios casos están en niveles mínimos históricos” (Steven Brill, “How my generation broke America”, TIME 191,
2018). Estimaciones tempranas sugieren que, también —pero no solo— por
impulso del COVID-19 y la cuarentena, cientos de miles de matrimonios
serán disueltos y millones de seres humanos tendrán problemas de salud
mental.
De entre los cambios que los baby boomers propiciaron muchos fueron objetivamente buenos, otros malos y otros esencialmente ambivalentes o neutros.
Un aspecto concreto de este cuadro se puede comprobar en el tiempo
compartido en familia, que durante la pandemia ha aumentado y que
genera frecuentemente una espiral en la que chicos y grandes buscan
opciones de diversión individuales, materialistas o pasivas con un
impacto negativo. Muchos autores relacionan los actuales modelos
familiares y de pareja con el alarmante aumento de las depresiones y
trastornos de ansiedad, el extendido abuso de alcohol y drogas por parte
de los jóvenes, el aumento de la violencia en las familias y en la
sociedad, el incremento de las adicciones y el ascenso del número de
suicidios entre las personas jóvenes.
Aunque es evidente que las causas son múltiples y profundas,
especialmente vinculadas con la ausencia de sentido trascendente de la
existencia humana, me gustaría comentar una virtud marginal poco
frecuentada, que contribuye a saber disfrutar más de la vida y que el
querido profesor Luis Manuel (Luisma) Calleja vivía de modo conmovedor y
sacrificado: la eutrapelia. Deriva del griego εὐτραπελία y su
traducción es “broma amable”. La Real Academia Española la define como
la virtud que modera el exceso de las diversiones o entretenimientos.
También es el donaire o jocosidad urbana e inofensiva. Y el juego u
ocupación inocente, que se toma por vía de recreación honesta con
templanza. Aristóteles la define como una “virtud que regula el descanso
divertido”: no cualquier reposo —como el dormir o no hacer nada—, sino
el que implica diversión, convivir amablemente. Un espacio ideal para
desarrollar la virtud de la eutrapelia es la familia, viviendo
el ocio familiar con experiencias que equilibren la balanza de vida en
los hijos para afrontar el consumismo actual. A continuación, presento
algunos datos recogidos por Marisol Navarro Palacios en un reciente e
interesante trabajo de fin de máster, en la Universidad de Navarra.
Los investigadores estadounidenses Beverly L. Driver y Donald H. Bruns en su trabajo Concepts and uses of the benefits approach to leisure,
analizan los beneficios individuales de vivir el ocio apropiadamente y
los agrupan en psicológicos y psicofisiológicos. A continuación, hago un
elenco de los más importantes: mejor salud mental y mantenimiento de la
misma, manejo del estrés, catarsis: canalización de la agresividad;
prevención y reducción de la depresión, la ansiedad y la irritabilidad;
desarrollo y crecimiento personal; autoconfianza, independencia;
mejoramiento académico y cognitivo; sentido de control sobre la propia
vida; aumento de la creatividad, adaptabilidad ante el cambio;
resolución de problemas, aprendizaje y conocimiento natural, cultural e
histórico, etc. Todas virtudes que Luisma vivía de modo natural.
Como primer núcleo de las personas que la conforman, la familia es el
lugar natural para desarrollar la madurez personal y social.
Difícilmente podría haber una familia unida en la que sus miembros sean
egoístas o, sencillamente, despreocupados en relación con el bien de los
demás. La virtud de la eutrapelia genera que los integrantes
de una familia deseen libremente divertirse entre sí, acrecentado su
satisfacción y amistad familiar, y superando la natural tendencia al
individualismo.
Me gustaría comentar
una virtud marginal poco frecuentada, que contribuye a saber disfrutar
más de la vida y que el querido profesor Luis Manuel (Luisma) Calleja
vivía de modo conmovedor y sacrificado: la eutrapelia.
El Dr. Fernando Sarráis en su obra Familia en armonía
propone seis consejos prácticos para tener un matrimonio feliz: evitar
el egoísmo, mantener la admiración mutua, practicar una buena
comunicación, compartir grandes ilusiones y proyectos, hacer del hogar
un lugar agradable, cuidar la salud física. La vivencia de la eutrapelia
en familia está relacionada con al menos cuatro (y podría argumentarse
que con los seis) consejos citados por este autor: el ocio familiar es
un escenario para establecer un canal de comunicación en la pareja,
implica un tiempo dedicado a cumplir ilusiones, genera un ambiente
agradable e incide positivamente en la salud mental y física.
Pero, evidentemente, no es fácil vivirlo. En su obra Educar en el ocio y el tiempo libre,
Garrido Gil describe omisiones importantes que se presentan
frecuentemente en millones de hogares en todo el mundo: padres que
conciben el tiempo libre como “su” tiempo, ensimismándose en los fines
de semana y otros momentos de esparcimiento, generando así dinámicas
dañinas tanto en la pareja como en los hijos —que terminan rindiéndose
ante la ociosidad—. “No podemos educar a nuestros hijos de lunes a
viernes y luego, el fin de semana, tomarnos un descansito”.
El psicólogo estadounidense Howard Gardner ha estudiado por décadas
el vínculo entre el juego y la inteligencia. Desde la publicación de su
obra Estructuras de la mente: la teoría de las inteligencias múltiples
en 1983, el catedrático de la Universidad de Harvard presentó una
categorización de ocho tipos de inteligencia y qué tipos de juego pueden
ayudar a trabajarlas: 1. Inteligencia lingüística: contar, inventar,
dramatizar cuentos; hacer juegos de memoria y de palabras; adivinanzas y
rompecabezas; etc. 2. Inteligencia lógico-matemática: juegos de
estrategia, ajedrez, construcciones con figuras geométricas, etc. 3.
Inteligencia naturalista-científica: realizar experimentos sencillos
físicos o químicos, usar el microscopio, coleccionar hojas, minerales,
etc. 4. Inteligencia artístico-espacial: realizar manualidades con
arcilla, plastilina, pintar, dibujar, colorear, hacer fotos. 5.
Inteligencia musical: practicar y ensayar con instrumentos, cantar y
bailar, jugar a identificar sonidos musicales o piezas de música. 6.
Inteligencia físico-corporal: practicar deportes, hacer teatro,
disfrazarse, etc. 7. Inteligencia creativa: desarmar un reloj viejo,
inflar globos, calcar mapas, hacer mapas, esconder algo en la casa y
tratar de que lo encuentren, cocinar, hacer mímica de películas, recoger
hojas secas y pintarlas, hacer collares con fideos, confeccionar algún
disfraz, etc. 8. Inteligencia intra e interpersonal: juegos simbólicos
(de cocina, limpieza o medicina, entre otros), juegos de mesa, juegos
colectivos (como las escondidas), deportes en equipo y juegos de rol.
El mundo digital es un gran aliado en la estimulación del ocio
familiar: muchas aplicaciones, contenidos y plataformas ayudan a la
comunicación, educación e interacción de familiares, tal y como lo han
vivido por décadas quienes están alejados de sus familias y lo hemos
confirmado en los meses recientes de confinamiento en casa. Me permito
compartir algunos consejos prácticos para usar la tecnología como
herramienta formativa: ayudar a sancionar las noticias falsas y valorar
la verdad; no fomentar el sentimentalismo superficial propiciado por las
redes sociales, garantizar y compartir noticias verdaderas y con buen
contenido, proporcionar el uso adecuado de Internet (no hay nada mejor
que el ejemplo de los padres), dignificar a los medios de comunicación
serios, recuperar el valor de la verdad haciendo notar su bondad e
importancia.
Se entiende que año
después (San Josemaría Escrivá) escribiera: “Cada vez estoy más
persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en
la tierra» (Forja, 1005). No hay quizá mejor definición del profesor
Luisma Calleja, que nos dejó el pasado 15 de julio.
Durante la guerra civil española, San Josemaría Escrivá pasó cinco
meses encerrado en el Consulado de Honduras en Madrid, escapando de la
persecución religiosa (en la que fueron asesinados 6500 eclesiásticos).
Estaba en la planta baja del edificio, con su hermano menor y cuatro
universitarios. Perdió treinta kilos en esos meses. Desde el primer
momento creó un clima de aprovechamiento del tiempo, con clases,
diálogos culturales y también juegos en los ratos libres. En estos
juegos, a veces —cuando veía excesiva competitividad y nerviosismo fruto
del encierro— San Josemaría hacía alguna trampa evidente y divertida
para que no se perdiera de vista la finalidad última del juego ni el
buen humor. Se entiende que año después escribiera: “Cada vez estoy más
persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en
la tierra» (Forja, 1005): no hay quizá mejor definición del profesor
Luisma Calleja, que nos dejó el pasado 15 de julio.
Artículo escrito porCarlos María González Sarachoen abril del 2013 en base a las palabras de Jorge Bergoglio previo a su asignación como papa.
Al escribir estas páginas, la opinión pública aún está asimilando la figura del papa Francisco y seguramente, cuando este artículo llegue a los lectores de la Revista, habrá muchas más frases, gestos y anécdotas que comentar.
Me gustaría detenerme ahora en unas palabras suyas, que pueden ayudar a entender la figura del actual romano pontífice. El 23 de febrero, pocos días antes de que Jorge Mario Bergoglio viajara a Roma, para participar en el Cónclave en el cual fue elegido como sucesor de San Pedro, recibió en Buenos Aires a unos representantes del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, que –entre otras– le formularon la siguiente pregunta, de particular interés en las circunstancias actuales: “Para usted ¿qué perfil debe tener el nuevo papa?”. El actual papa les dio una sintética y ordenada respuesta, en la que enumeró cuatro elementos, en orden de importancia, que dan una perfecta definición de cuál es la naturaleza de la misión de la Iglesia y del romano pontífice.
La respuesta fue la siguiente: “Les voy a decir cosas evidentes, pero son las cosas en las que yo creo. Primero, tiene que ser un hombre de oración, un hombre profundamente vinculado a Dios. Segundo, tiene que ser una persona que cree profundamente que el dueño de la Iglesia es Jesucristo y no él y que Jesucristo es el Señor de la historia. Tercero, un buen obispo. Debe ser un hombre que sabe cuidar, acoger, tierno con las personas, que sabe crear comunión. Y cuarto, debe ser un hombre, ahora, que ayude a reformar la Curia”.
Sugiero releer despacio la frase anterior, porque en su brevedad nos ofrece las claves para comprender la naturaleza profunda de la función de un papa. Son la “definición de los requisitos para el cargo directivo” más importante en la Iglesia católica.
En primer lugar, por encima de condiciones de gobierno y de dirección, se requiere que sea una persona muy rezadora, con criterios sobrenaturales. Lo que resulta lógico a la luz de la segunda característica: estar convencido de que la Iglesia no es una empresa, ni un sindicato, ni una estructura sociológica, meramente humana: la Iglesia católica es, sobre todo, una institución de carácter espiritual y humano, fundada por Jesucristo.
¿Quién es por lo tanto el Jefe de la Iglesia? Jesucristo. ¿A quién hay que rendir cuentas? A Jesucristo ¿Qué hay que hacer para estar en sintonía con el Jefe, con sus objetivos y sus prioridades? Hablar con Él, tratarlo, conocerlo. El Santo Padre debe dedicar parte importante de su tiempo a fomentar un “profundo vínculo con Dios”, como dice el papa Francisco. Y, por lo tanto, quien no tiene fe en Jesucristo o lo ve como un personaje bondadoso que existió hace siglos, no puede entender la naturaleza más profunda de la Iglesia, ni comprenderá que sus medios fundamentales no son económicos, sino que son los sacramentos.
Así procuró explicarlo, una vez más, el mismo papa Francisco a los 6000 periodistas reunidos en el Aula Paolo VI el 16 de marzo: “Cristo es el Pastor de la Iglesia, pero su presencia en la historia pasa a través de la libertad de los hombres: entre estos, uno viene elegido para servir como su vicario, sucesor del apóstol Pedro, pero Cristo es el centro, no el sucesor de Pedro: es Cristo. Cristo es la referencia fundamental, el corazón de la Iglesia. Sin Él, Pedro y la Iglesia no existirían ni tendrían razón de ser. Como ha dicho en varias ocasiones Benedicto XVI, Cristo está presente y conduce a su Iglesia. En todo lo que sucede el protagonista es, en última instancia, el Espíritu Santo. Él ha inspirado la decisión de Benedicto XVI por el bien de la Iglesia; Él ha dirigido en la oración y en la elección a los cardenales”.
Volviendo a las condiciones para el cargo de romano pontífice, el cardenal Bergoglio colocaba después, en un tercer lugar, las características “humanas” del gobierno. Y aquí, el actual papa señala –otra vez sorprendiendo– no unas condiciones de gestión, de eficacia, de inteligencia, de estudios, sino de dedicación, de entrega abnegada a las personas, de olvido de sí mismo, de preocupación por los demás: ser un buen pastor, “que sabe crear comunión”, que subraya lo que une, no las diferencias. Todo esto resulta coherente con el mandamiento del Señor, en la Última Cena, el día previo a su Pasión y Muerte: “Quiéranse mucho, perdonen. En esto tienen que reconocer los demás que ustedes son discípulos míos: en que se quieren los unos a los otros” (cfr. Jn, 13, 34-35). ¡Cuántas veces olvidamos este mandamiento y nos dejamos llevar por envidias, rencores, antipatías! En las relaciones laborales, por ejemplo, cuántas veces omitimos en el trato con los demás las más elementales demostraciones de reconocimiento de su dignidad…
En último lugar, como cuarta condición de gobierno del papa, el actual pontífice mencionaba lo que tantos “expertos” en cuestiones de Iglesia suelen poner en primera posición, ignorando quizá que la estructura de gobierno (la Curia romana) es solo un medio. Por esto, para que sea siempre un buen medio, el papa debe “ayudar” (no imponer) a que esa reforma se haga con el espíritu de las tres condiciones señaladas previamente: rezando, sin perder de vista que la Iglesia es de Jesucristo (no del papa ni de los cardenales ni de los obispos) y con un enfoque prioritario por las personas más que por las estructuras.
Estas cuatro condiciones que brevemente hemos comentado representan todo un programa de gobierno, que nos da muchas luces para nuestra vida personal.
Termino con otras palabras del papa Francisco a los 6000 periodistas reunidos en el Aula Paolo VI el 16 de marzo: “Es importante, queridos amigos, tomar en cuenta este horizonte interpretativo, esta hermenéutica, para centrarse en el corazón de los acontecimientos de estos días. De aquí nace un renovado y sincero agradecimiento por los esfuerzos de estos días particularmente difíciles, pero también una invitación a conocer más y más la verdadera naturaleza de la Iglesia, y también su camino en el mundo, con sus virtudes y sus pecados, y conocer las motivaciones espirituales que la guían y que son los más auténticos para entenderla”.
Contador público y economista; Doctor en Derecho Canónico; Capellán del IEEM. Rector del Santuario de Nuestro Señor Resucitado (Tres Cruces). Fue Vicario Regional de la Prelatura del Opus Dei en Uruguay,
Publicación original: Revista de Negocios del IEEM | Abril 2013